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  • Foto del escritorJuan Camilo Martínez Guerrero

Nuestro cuerpo como indicador clave de la calidad de nuestras relaciones íntimas y personales.

Actualizado: 18 ene 2021



“El propósito fundamental de nuestras relaciones íntimas, personales y sociales es nuestro fortalecimiento y bienestar. Es así como aumentamos radicalmente nuestras posibilidades de supervivencia, desarrollo y prosperidad. Solo hay fortalecimiento y bienestar en el justo mutuo beneficio. Si no encontramos esto en nuestras relaciones íntimas, personales y sociales, nuestras posibilidades de supervivencia, desarrollo y prosperidad disminuirán radicalmente”.


“Si estas en confusión y duda acerca de alguna relación íntima o personal, escucha a tu cuerpo, te dirá con claridad si está bien o no para ti, sentirás fortaleza o debilidad; simple. Luego, sé sabio y diferencia entre lo que quieres ya y lo que más quieres, entre algo efímero o algo permanente. Decide por lo que más quieres, aunque no te de la gratificación instantánea que por impulso buscas. Luego vuelve a escuchar a tu cuerpo, te dirá con claridad que tomaste la decisión correcta”.


Hasta que no seamos conscientes de nosotros mismos no podremos liberarnos del flagelo, sufrimiento y confusión del conflicto interno propio, de las contradicciones emocionales y mentales que nos someten y nos drenan la preciada energía para desenvolvernos con ánimo, confianza, salud, vigorosidad, responsabilidad y tranquilidad en la vida.


¿Qué significa ser conscientes de nosotros mismos?

Lo primero es entender e integrar que nuestro cuerpo, como elemento biológico del sistema de elementos que nos definen en conjunto como seres humanos, "tiende naturalmente hacia la salud y al bienestar". Es simple, nuestro cuerpo nos indica con claridad cuando algo no anda bien en nosotros. Nos es fácil reconocer, por ejemplo, al consumir alguna clase de alimento, si este nos hace bien o mal, pues “sentimos” bienestar o malestar en nuestro cuerpo.


A diferencia de nuestra mente racional y nuestro cuerpo emocional, y más allá de nuestra capacidad de movimiento corporal, nuestro cuerpo biológico no depende de nuestra actividad consciente para que funcione. Así, nuestro corazón palpita libre de nuestra voluntad de la misma manera en la que nuestras heridas sanan, nuestros pulmones respiran, nuestro cerebro piensa, las células se regeneran y el cabello crece. Es la sabiduría ancestral de nuestro cuerpo, de nuestros millones de ancestros, plasmada en nuestro código genético con la información necesaria para la vida y supervivencia de nuestra especie desde el primer organismo vivo que nos precede. Esto significa, afortunadamente, que las manifestaciones en nuestro cuerpo no son presa fácil del engaño y la falsedad y más bien reaccionan a la verdad y la realidad de lo bueno, o lo malo, para lo que al cuerpo le constituye: “Podrán convencerte mental y emocionalmente de que fumar es bueno para ti, pero eso a tu cuerpo no le importa”.


Algo muy distinto nos sucede mental y emocionalmente, no tanto por nuestra naturaleza, más bien, por la vulnerabilidad en ella. Somos naturalmente seres sociales que dependemos (nuestra vulnerabilidad y fortaleza) de la calidad de nuestros vínculos con los demás y con la vida. Buscamos relaciones significativas y trascendentales, amorosas, leales y confiables para nuestro sentido y significado en el misterio irresuelto de la existencia, de nuestra realidad y vida propia, que sabemos consta tanto de la irrefutable incertidumbre de la vida y de la muerte, de los peligros, las oportunidades y las posibilidades en la realidad de la vida en nuestro planeta.


Es en nuestras relaciones personales que la raíz de nuestra vulnerabilidad nos puede jugar en contra, pues, dicha vulnerabilidad que nos obliga a entablar relaciones significativas para fortalecernos, con esperanza fundamentadas en la confianza y la lealtad para nuestra supervivencia, nos puede llevar a vincularnos y aferrarnos a personas que no pretenden nuestro bienestar y caemos en su malevolencia, basada en la deshonra a nuestra vulnerabilidad a través de las mentiras, manipulaciones y estrategias para sacar provecho de nosotros, lo que nos deja en un indigno ciclo vicioso de sufrimiento, inseguridad en uno mismo y en nuestra relación con la vida, ansiedad, baja autoestima, miedo, rabia y culpa.


Un caso para describir lo anterior con mayor claridad sería el de una pareja en la que uno de los dos se siente constantemente traicionado por la otra persona y no es capaz de alejarse, así conste de los argumentos suficientes para hacerlo, cuando quien le traiciona le mira a los ojos y le dice: ¿Otra vez?, estás demente, deja de imaginar cosas, tienes problemas de celos y no intentes controlarme. A lo que luego se enfada y se apropia de un lugar de víctima indignada con la altísima capacidad de generar culpa... Es en esta clase de situaciones en que la mente racional y el cuerpo emocional entran en conflicto, contradicción, culpa y duda, y así la persona queda sin fuerza, incapacitada, desmoralizada, afectada y enferma y no puede tomar la decisión correcta para su salud y bienestar.


Sin embargo, cuando el conflicto entre lo emocional y no mental no logra resolverse en nuestro ser a causa de la confusión y las contradicciones de emoción y mente, nuestro cuerpo físico, por misteriosa pretendida fortuna, sabe con precisa claridad qué es lo que está pasando, lo intuye. Nuestros vínculos sociales y nuestras relaciones personales e íntimas deben fortalecernos, hacernos sentir en bienestar, es esto el principal fundamento de nuestra cualidad social, pues en manada somos más fuertes y tenemos mayores posibilidades de sobrevivir y prosperar. Es por esto que, de alguna manera, como mecanismo de defensa, siempre intuimos, lo sentimos en nuestro cuerpo, cuando algo no anda bien.


A partir de lo anterior, nos basta con hacer consciencia de la tendencia en nuestra energía corporal al momento presente y posterior de compartir con las personas, si tiende al bienestar y la vigorosidad, al ánimo y vitalidad, o si, por el contrario, nuestra energía se dirige hacia el malestar, la vitalidad drenada y precaria, la duda, la insatisfacción, el mal humor y el bajo estado de ánimo.


Volvernos conscientes de nosotros mismos significa confiar en nuestro estado energético, es decir, reconocer que el conjunto de elementos que nos constituye como seres humanos pretende por naturaleza nuestro bienestar y supervivencia, y cuando las situaciones de nuestra vida van en contra de lo que nos hace bien, nuestra propia energía nos lo indicará con veracidad.


Así mismo, ser conscientes de nosotros mismos significa asumir la responsabilidad de nuestra vida en coherencia con lo que nuestro estado energético nos está indicando. Para esto es de suma importancia comprender y distinguir en qué momento nuestra energía se ve afectada por los demás o por nosotros mismos. Si somos seres sociales y dependemos de nuestros vínculos con los demás y con la vida, así como los demás dependen de sus vínculos con nosotros, la calidad de nuestra energía depende, en principio, de la calidad de la energía que entregamos a los demás y a nuestra vida. Si decidimos actuar con conocimiento y consciencia de lo que es bueno para nosotros y para los demás, bajo el claro entendimiento de que nos necesitamos unos a otros para nuestro bienestar y fortalecimiento como especie, entonces la calidad de nuestra energía será coherente con nuestra tendencia natural a la salud y el bienestar, es decir, nos sentiremos bien, saludables, fuertes, alegres y vigorosos.

Si, de otra manera, actuamos de formas inadecuadas para nuestra salud y bienestar, de los demás y de la vida, consciente o inconscientemente, la calidad de nuestra energía será coherente a nuestro actuar y contraria a nuestra tendencia natural hacia la salud y el bienestar; simplemente, así nos mintamos, nos sentiremos mal, sin energía, insatisfechos y caeremos, por ignorancia y falta de responsabilidad de nuestra vida, en las justificaciones a partir de la mentira y en las acciones manipuladoras y deshonestas para intentar volver a sentirnos bien, saludables y en bienestar, pero esto no sucederá hasta que no actuemos de forma adecuada y real a favor de nuestra naturaleza. Es en estas situaciones en que la calidad de nuestra energía vital es nuestra propia responsabilidad y de nadie más.


Por otro lado, si nuestro actuar es bien intencionado, con conocimiento y consciencia para nuestro bienestar y el de los demás, y al compartir con otra persona, pareja, amigo, familiar o colega, nos damos cuenta de que nuestra energía se ve drenada y nuestro ánimo y vigor se ven afectados y aparece la duda en nosotros mismos, entonces debemos reconocer y confiar en nuestro ser y recibir la alarma que nuestro cuerpo nos está indicando. Actuar con responsabilidad en esta situación significa atender con coherencia lo que nos está pasando, es decir, debemos asumir la importancia de nuestro bienestar, de nuestro valor para poner límites o alejarnos y desprendernos de las relaciones que no nos están generando bienestar, fortaleza y buen ánimo, pues, una vez más, es el propósito principal de nuestras relaciones.


Es cuando no hacemos caso a nuestra energía, a lo que sentimos en nuestro cuerpo, a nuestra intuición, más allá de los argumentos mentales y emocionales que nos llevan a permanecer en relaciones que afectan a nuestro bienestar, que caemos en las situaciones de sufrimiento innecesario que nos llevan a la decepción, el dolor de la traición, el desamor, el abuso, el irrespeto, la mentira, la falta de confianza en nosotros mismos y la baja autoestima. ¡Hagamos caso a lo que nuestro cuerpo no está indicando y asumamos la acción correspondiente con valentía y consciencia!


Nada en absoluto justifica que perdamos nuestra salud y bienestar. Debemos aprender a confiar siempre en nosotros mismos, en lo que nuestro cuerpo y nuestra energía vital nos está indicando y actuar de la manera más adecuada para asegurar nuestra salud y bienestar. No obstante, para poder confiar cada vez más en nosotros, el requisito más importante es actuar, en lo posible, con consciencia de lo que es verdaderamente bueno para nosotros y por ende para nuestra especie: salud, honestidad, verdad, lealtad, confianza, comprensión, apoyo, reconocimiento, justicia, amor, empatía, equilibrio, sabiduría, inteligencia, valentía, grandeza…

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